Crítica de Ready Player One, el libro de ciencia ficción que mezcla videojuegos, música, películas y televisión de los años 80
Hacía mucho, mucho tiempo que no me quedaba hasta las 6 de la mañana leyendo un libro. Este fin de semana, el único sonido que se oía en mi casa era el del insistente pasar de las hojas a un ritmo constante. Creo que pude bostezar únicamente un par de veces en todo ese tiempo y sólo debido a las horas imposibles a las que estaba leyendo.
Lo había visto en las librerías, la temática me atraía, pero un comentario de reclamo de Patrick Rothfuss en la portada (el autor de El Nombre del Viento) que decía “Es tan bueno que parece que lo he escrito yo” hizo que me alejara a toda velocidad. Las novelas del señor Rothfuss no están mal, pero tanta soberbia me puso en contra de su lectura. Sin embargo, cuando el otro día una amiga me recomendó Ready Player One con una efusividad terriblemente contagiosa no pude menos que replantearme su lectura.
Ready Player One es uno de esos libros que hay que leer antes de que se conviertan en un fenónemo de masas, lo que sin duda ocurrirá en unos años cuando Warner Bros. haga la película, ya que compró los derechos antes incluso de que el libro saliera a la venta. Y no digo esto para quedar como un hipster insufrible, sino porque dentro de unos años todo el mundo volverá a hablar de D&D, habrá camisetas de Space Invaders, Pacman y Ultraman por doquier, pero sólo los que crecimos con esas cosas seremos capaces de entrever la ternura con la que Ernest Cline escribió este libro, convertirlo en una experiencia más personal.

Que quede claro que no estamos ante un hito literario, sino ante uno de esos casos que el fondo adquiere todo el protagonismo en pro de la forma. No es cómo lo que cuenta, sino lo que cuenta. Un mundo distópico en el que existe una realidad pararalela en la red, un Second Life gigantesco concebido como un RPG en el que la gente tiene una segunda vida: Oasis.
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